Jérôme Lejeune Scientifique

Jérôme Lejeune había nacido en 1926 en Montrouge, en el seno de una familia que quedó arruinada por la guerra de 1939-1945. A la edad de 13 años, descubre a dos autores, Pascal y Balzac, que lo marcan de por vida. Subyugado por el doctor Bénassis, héroe de la novela Médico de campaña, también él quiere convertirse en médico de campaña, dedicándose a los humildes y a los pobres. Después de la guerra, se sumerge con entusiasmo en los estudios de medicina.

El 15 de junio de 1951, defiende con éxito su tesis doctoral. Ese mismo día, su futuro queda decidido en una dirección del todo diferente a la de sus proyectos: uno de sus maestros, el profesor Raymond Turpin, le propone colaborar en una magna obra sobre el «mongolismo», enfermedad que afectaba a un niño de cada seiscientos cincuenta. Jérôme acepta, por lo que, a partir de ese momento, su camino queda trazado.

El 1 de mayo de 1952, contrae matrimonio en Odense (Dinamarca) con Birthe Bringsted, convertida al catolicismo, con la que tendrá cinco hijos. La vida en familia es para él objeto de predilección, sobre todo durante las vacaciones. Durante sus estancias en el extranjero, escribe a su mujer todos los días.

 

El medico de la speranza

En 1954, se convierte en miembro de la Sociedad Francesa de Genética y en investigador del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS). A partir de las explosiones de Hiroshima y de Nagasaki, el efecto de las radiaciones nucleares sobre la reproducción humana está al orden del día. Turpin orienta a su equipo hacia ese campo, y, en 1957, Jérôme es nombrado «experto sobre los efectos de las radiaciones atómicas en genética humana» para la ONU. Desde entonces, participa en congresos internacionales, donde destaca por su candorosa libertad de lenguaje, frente a la voluntad de dominación de algunas delegaciones.

 

Jérôme Lejeune enfant Jérôme LejeuneJérome Lejeune Trisomiques

Aprovechando los nuevos procedimientos fotográficos, Jérôme descubre, en un tejido preveniente de un pequeño «mongólico», la presencia de un cromosoma suplementario, a nivel del par 21 (el ser humano cuenta con 23, en total 46 cromosomas). Ese es el origen del «mongolismo», enfermedad que se llamará a partir de entonces «trisomía 21». En Enero de 1959 se comunica ese descubrimiento a la Academia de Medicina.

En noviembre de 1962, Jérôme recibe el «premio Kennedy»; en octubre de 1965, adquiere la titularidad de la primera cátedra de genética fundamental en París.

Todo conduce a la esperanza: su descubrimiento, así como la publicidad que de él se ha hecho en el mundo científico, le hace pensar que estimularán la investigación y permitirán poner a punto tratamientos adecuados para curar a los enfermos y dar esperanza a sus padres. Las familias de los enfermos, atraídas por la celebridad internacional de Jérôme y su accesibilidad, se dirigen cada vez en mayor número a él. Da tratamiento a varios miles de jóvenes pacientes que acuden a su consulta del mundo entero; a otros les hace un seguimiento por correspondencia. Ayuda a los padres a comprender y a aceptar esa tribulación. Les asegura que su hijo, a pesar de su grave discapacidad intelectual, rebosará de amor y de ternura.

 

Jérôme Lejeune caryotype Caryotype Chromosome 21

 

El racismo cromosómico

Sin embargo, Jérôme percibe una corriente, sobre todo en el estamento médico norteamericano, que preconiza la supresión mediante el aborto de los enfermos por nacer. Comprueba con estupor los riesgos que su descubrimiento ha engendrado para los trisómicos. Para combatir esa forma de racismo, la llamada a la realidad experimental le parece un arma decisiva. De ese modo se muestra a las mentalidades disconformes que no está permitido considerar como extranjeros a la especie humana a unos seres que, biológicamente, forman parte de esa especie: el embrión es un hombre.

 Jérôme Lejeune et enfant trisomique

 

«He perdido el Nobel»

En agosto de 1969, la Sociedad Norteamericana de Genética concede a Jérôme el «William Allen Memorial Award», la más alta distinción que pueda otorgarse a un genetista. Desde su llegada a San Francisco, donde se lo van a entregar, Jérôme percibe claramente que se considera la posibilidad de autorizar el aborto de los trisómicos. Jérôme Lejeune et enfant trisomiqueDespués de la concesión del premio, debe pronunciar una conferencia ante sus colegas. La naturaleza corporal de los hombres –explica– se halla contenida por completo en el mensaje cromosómico, desde el primer momento de la concepción; ese mensaje hace del nuevo ser un hombre, no un simio, ni un oso, sino un hombre cuyas cualidades físicas se encuentran incluidas ya por completo en las informaciones dadas a sus primeras células. A esas virtualidades, que estarán al servicio de su vida intelectual y espiritual, nada se añadirá: todo está ahí. Y concluye con nitidez: la tentación de suprimir mediante el aborto a esos pequeños hombres enfermos va contra la ley moral, cuyo fundamento legal queda confirmado por la genética; esta moral no es una ley arbitraria. Ni siquiera un aplauso; se produce un silencio hostil o molesto entre esos hombres que son la élite de su profesión. Jérôme los ha atacado de frente.

En la carta que escribe a su esposa, dice: «Hoy he perdido el Nobel de medicina»; pero se halla en paz. En su diario confiesa lo siguiente: «El racismo cromosómico es esgrimido como un estandarte de libertad. Que esa negación de la medicina, de toda la fraternidad biológica que une a los hombres, sea la única aplicación práctica del conocimiento de la trisomía 21 es más que un suplicio. ¡Proteger a los desheredados!, ¡qué idea más reaccionaria, retrógrada, integrista e inhumana!».

 

Un combate mediático

En junio de 1970, un diputado francés, Peyret, presenta un proyecto de ley que permite el examen médico preventivo prenatal de los niños trisómicos y su eliminación mediante el aborto. En realidad, la campaña a favJérôme Lejeune conférenceor de la eliminación de los trisómicos es un medio de introducir el derecho al aborto. Muchos se empeñan en desacreditar a Lejeune. Después de intentar contradecirle en el transcurso de varias conferencias, el 5 de marzo de 1971, con motivo de una concurrida reunión pública en la Mutualidad, los opositores, armados con barras de hierro, acuden a importunar a las mujeres, a las personas mayores e incluso a grandes discapacitados. La policía se ve en la obligación de intervenir para ahuyentar a los agresores. En cuanto a Jérôme, acaba con algunos tomatazos en la cara.

El tema del aborto agita en ese momento toda Europa; Gran Bretaña ha acabado pisando los talones a los Estados Unidos, donde se ha legalizado el examen médico preventivo de la trisomía y su «tratamiento» mediante el aborto. La campaña mediática, en Francia, se extiende al aborto de todos los niños no deseados: «Un bebé no se convierte legalmente en una persona hasta que no ha nacido»; «una mujer tiene derecho a hacer lo que quiere de su cuerpo»« Son argumentos engañosos, ante los cuales muchos católicos se muestran permeables, incluso a veces hasta el punto de propagarlos.

  

Jerome Lejeune et Saint Jean-Paul IIJerome Lejeune y el Papa

 El 13 de mayo de 1981, Jérôme y su esposa se hallan en Roma, ya que el Santo Padre deseaba recibirlos en audiencia privada. Después de la entrevista, el Papa los retiene espontáneamente para que coman con él. Esa misma tarde, de regreso hacia París, se enteran del atentado del que acaba de ser víctima Juan Pablo II, pocas horas después de haberle dejado. La salud de Jérôme se resiente por esa noticia.

En otoño, preocupado por la situación internacional, el Papa decide enviar a cada jefe de Estado en posesión de armas nucleares una delegación de miembros de la Academia Pontificia de las Ciencias, para que les trasmitan un informe sobre los peligros de la guerra atómica. En el caso de la URSS, designa a Lejeune y a otros dos; el encuentro tiene lugar el 15 de diciembre de 1981. «Nosotros los científicos –dice con claridad Jérôme– sabemos que, por primera vez, la supervivencia de la humanidad depende de la aceptación por parte de todas las naciones de preceptos morales que trasciendan todo sistema y toda especulación». Aquella misión diplomática no deja eco alguno en la prensa.

  

A pesar de la burla

En agosto de 1989, el profesor Lejeune es obligado a testificar en Maryville, Estados Unidos, en un juicio mediático cuyo reto es la supervivencia de miles de embriones congelados. A pesar del cansancio, Jérôme decide acompañar a quienes, en el mundo entero, sufren persecución por su respeto a la vida. Quiere ayudar sobre todo a sus colegas católicos para que sigan la enseñanza de la Iglesia, a pesar de la burla del mundo.

En agosto de 1989, el rey de los belgas, Balduino I, en una comprometida situación frente a su parlamento, que se dispone a autorizar el aborto, le pide consejo. Al final de la entrevista, el rey le propone: «Profesor, ¿le molestaría que rezáramos juntos un momento?». Es bien conocida la actitud ejemplar que adoptó a continuación el rey sobre ese asunto, hasta el punto de renunciar a su cargo para no ofender a Dios.

 

En comisión de servicios

El 5 de agosto de 1993, el Santo Padre decide crear una Academia Pontificia de Medicina, consagrada a la defensa de la vida; su presidente será el profesor Lejeune.

Entre el Papa y él existe una convergencia: el aborto es, desde el punto de vista de ambos, la principal amenaza contra la paz. 

Cuando se aproxima la festividad de Todos los Santos, decide acudir a la consulta de su amigo el profesor Lucien Israel. Éste, con el rostro descompuesto, le muestra las radiografías de sus pulmones: desvelan un cáncer ya avanzado. Jérôme acepta la realidad con valentía y sumisión ante la voluntad de Dios. Las sesiones de quimioterapia comienzan a principios de diciembre, resultando muy penosas, como él esperaba.  Hasta el final, se esfuerza en redactar los estatutos de la Academia. Es consciente de su impotencia, pero su espíritu de fe le muestra la fecundidad de los propios fracasos.

El Miércoles Santo 30 de marzo de 1994, al encontrarse delirando preso de una fiebre de más de 40 grados, es trasladado a cuidados paliativos. El Viernes Santo, a sus hijos, que le preguntan por lo que quiere legar a sus pequeños enfermos, les dice: «No tengo gran cosa, ya lo sabéis« Pero les he dado mi vida. Y mi vida era todo lo que tenía». «Hijos míos, si puedo dejaros un mensaje, este es el más importante de todos: estamos en manos de Dios. Yo mismo lo he comprobado varias veces». El día siguiente, Sábado Santo, transcurre sin altibajos: Jérôme se encuentra sereno. El Domingo por la mañana, hacia las siete, dice penosamente a un colega casi desconocido que le ha estado dando la mano gran parte de la noche: «Ya ve usted« he hecho bien«» y entrega el espíritu.

Al día siguiente, el Papa Juan Pablo II escribía a propósito de Jérome Lejeune: «Hoy hemos sabido de la muerte de un gran cristiano del siglo XX, de un hombre para quien la defensa de la vida se convirtió en un apostolado. Es evidente que, en la situación actual del mundo, esa forma de apostolado de los laicos es especialmente necesaria«».

Durante la Jornada Mundial de la Juventud de 1997 en Francia, Juan Pablo II fue a orar sobre la tumba del que llamaba hermano Jérôme en el pueblecito de Cahlô-Saint-Mars. Con ese gesto desbarató el itinerario inicial y las reticencias de mucha gente. A muchos no les pasó desapercibido el significado de ese hecho. Esa manifestación de una amistad fuera de lo común supuso también el testimonio de su hermandad espiritual: fue el homenaje del Papa al Servidor de la Vida.

 

Jean Paul II sur la tombe de Jérôme Lejeune

 

 

(Extractos de la carta de la Abadía San José de Clairval http://www.clairval.com.)